Notas de Apologeta
Juan Arvizu
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Los dogmas y el credo.
Hablábamos en la última nota de este segmento acerca de los dogmas como una buena fuente para introducirnos en la apologética. Es importante entender, primero que nada, que es lo que creemos como católicos. Los dogmas, una vez definidos, no son negociables.
¿Qué entendemos por dogma? —Según la enciclopedia católica en línea ecwiki, los autores clásicos antiguos, usaban la palabra griega dokein (dogma en español) para significar una opinión, o lo que parece verdadero a una persona; algunas ocasiones, señala una doctrina o una posición filosófica.
En algunos casos, la palabra se entendía como un decreto. Cuando Lucas, el evangelista, inicia escribiendo en el segundo capítulo, que “por aquellos tiempos, el emperador Cesar Augusto dictaminó un decreto,” (Lc 2,1) en griego se escribió dokein, o sea, dogma. La palabra dogmasin se usó como para definir preceptos, y la palabra dogmata para describir las decisiones tomadas por los apóstoles.
Para nosotros como católicos, un dogma es, a fin de cuentas, una verdad revelada por Dios, y que es transmitida a nosotros a través de los apóstoles y sus sucesores. La Iglesia, con la autoridad que Cristo le ha otorgado, define y propone los dogmas que los cristianos estamos obligados a aceptar, porque una vez definido el dogma, no es negociable. (CIC 88)
Al recitar el credo, los católicos aceptamos una serie de verdades y dogmas sin los cuales no podríamos llamarnos, en sí, católicos. Cuando decimos: “Creo en un solo Dios, padre todo poderoso, creador del cielo y de la tierra,” recitamos tres dogmas sobre Dios; como un Dios único, como un Dios omnipotente, y como un Dios que ha creado Él solo el cielo y la tierra.
Enseguida profesamos los dogmas sobre Jesucristo: Jesús hijo único de Dios; concebido de María virgen por obra del Espíritu Santo; crucificado, muerto, y sepultado; descendido a los infiernos; resucitado al tercer día; y finalmente, ascendido al cielo y está sentado a la derecha del Padre desde donde vendrá a juzgar a vivos y muertos en su regreso final.
Al decir que creemos en el Espíritu Santo estamos cerrando el ciclo de la Trinidad; creemos en Dios padre, en Jesucristo su hijo, y en el Espíritu Santo.
Enseguida profesamos fidelidad a una sola Iglesia, que es Santa, que es católica, o sea, universal, y apostólica, porque sigue fielmente las enseñanzas de los apóstoles, y porque la autoridad apostólica se ha ido pasando, por medio de la imposición de manos por generaciones.
Creemos en la comunión de los Santos; Decía San Nicetas de Remesiana, lo que ahora se conoce como Serbia, ¿qué es la Iglesia sino la asamblea de todos los santos? (CIC 946) Estamos llamados a formar la comunidad de santos inspirada por el mismo Jesucristo al invitarnos a invocarlo reuniéndonos en dos o más personas, y haciendo la promesa de que Él estará presente siempre entre nosotros en la comunidad. Ahora, al hablar de la comunión de los santos, también hablamos de la comunión de las cosas santas; la comunión de la fe, la comunión de los sacramentos, la comunión de los carismas, y la comunión de la caridad. Finalmente, también se habla de la comunión entre la Iglesia del cielo y la Iglesia de la tierra. La comunión de los santos también abarca la comunión con los difuntos y la intercesión de los santos.
Creemos que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. También creemos que a través del presbítero Dios perdona nuestros pecados, siempre y cuando estemos arrepentidos y hagamos el esfuerzo de no volver a pecar, y aceptamos también el compromiso de hacer penitencia para pagar la deuda acumulada por nuestras faltas.
Creemos en la resurrección de la carne, y en la vida eterna. Sabemos, de antemano, que los saduceos no creían en la resurrección, según hechos 23, 8; por eso los saduceos no estaban de acuerdo con la doctrina de Jesús y perseguían a todos sus seguidores. El segundo libro de los macabeos, en el capítulo siete, versículo nueve, nos anima diciendo que, a los que seguimos sus leyes, Dios, el Rey del mundo, nos resucitará a una vida eterna.
Al rezar que creemos en la vida eterna, nos adentramos en la creencia de un juicio particular, el cual nos dirigirá al cielo o al infierno, según nuestro comportamiento en la tierra. A cada hombre se le retribuirá en la medida en que hayan llevado una vida en Cristo; seremos examinados en la medida del amor, según san Juan de la Cruz. Los que mueren en gracia y amistad con Dios, viven para siempre con Cristo. (CIC 1023) Sin embargo, como nada impuro puede entrar en el reino de los cielos, la Iglesia, en su discernimiento, nos ilustra en la doctrina del purgatorio, que, según San Juan Pablo II el grande, no es un lugar, sino una condición de vida. También nuestro querido papa emérito, Benedicto XVI, nos hace referencia al purgatorio no como un elemento de las entrañas de la tierra como un fuego terreno, sino más bien como un fuego interior que purifica el alma y la prepara para su encuentro final con su Señor; todo el que entra en un estado de purificación, debe estar seguro de que ya está con Cristo, pero debe lavar su última imperfección que le impide entrar del todo en la presencia del Señor. (CIC 1030)
Supongamos que te vas a casar y que tú eres la novia, y el mero día de la boda se te ensucia el vestido justo antes de entrar al templo, por propia iniciativa y por vergüenza, la novia no sería capaz de entrar al templo sino hasta que su vestido quedara limpio y sin mancha; de la misma manera, debemos lavar nuestras túnicas y blanquearlas en la sangre del cordero para ser dignos de entrar a la vida eterna con Él, pues los que laven sus túnicas podrán disponer del árbol de la Vida [Eterna] (Ap 22,14) La Iglesia nos enseña que hay un infierno para las personas que no aceptan a Jesús como Dios y Salvador, y para los que han vivido una vida inmoral y sin arrepentimiento. Creemos firmemente en un juicio final, en el que Cristo vendrá con toda su gloria en medio de sus ángeles y congregará a todas las naciones, resucitando a santos y pecadores para después separarlos como un pastor separa las ovejas de las cabras. (CIC 1038)
Finalmente, vivimos en la espera de cielos nuevos y una tierra nueva, que, para nosotros, los cristianos, será la consumación y la realización final de la unidad del género humano, en la que nos convertiremos en la Ciudad Santa de Dios (Ap 21,2), La esposa del cordero (Ap 21,9) en la que ya no viviremos el amor propio, sino en la manifestación del amor beatificante de Dios, que se nos dará de una forma inagotable, y que será una fuente inmensa de felicidad, paz, y comunión mutua. (CIC 1045)
Como siempre, saludos y bendiciones. Muchas gracias y hasta la próxima nota.
—Juan Arvizu
Copyright©2022 Juan R Arvizu
Notas de Apologeta
Fuentes:
https://ec.aciprensa.com/wiki/Dogma
https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/index_sp.html
http://www.caminando-con-jesus.org/SJDLC/ALATARDE.htm
https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/audiences/1999/documents/hf_jp-ii_aud_04081999.html
https://www.elmundo.es/elmundo/2011/01/12/internacional/1294831346.html#:~:text=%22El%20purgatorio%20no%20es%20un,Dios%22%2C%20afirm%C3%B3%20el%20Papa.
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